jueves, 26 de noviembre de 2015

Puntos cardinales


Te vas convirtiendo
mientras un borracho nos separa
en mi punto geográfico más austral
y río,
río abajo tu primera caricia
en una memoria embriagante inacabada
porque viniste al único umbral donde se empalidecen mejillas
y a mí se me pinta el alma
mientras colisionas tu margen más enrojecido
con la orilla que conoce todos tus bordes

Tengo el ansia furiosa
del negro que no te pones
que le sienta tan bien al otoño
que te sienta en frente mía
a ver como enfocas otras caras

Entretanto yo intento hacer al silencio mi cómplice
para que te gire del ruido
y de una vez orientes
que me he puesto guapa por dentro
me he vaciado los infortunios,
los cajones con polvo
(que nunca terminan de irse
por si los 'por si acasos'
que nunca llegan)
me topan con el punto cardinal
contrario al 'buendía'
desde donde sale luz

Y es que he de confesar
que siento celos de todas las noches a las que cantas,
siento celos del amor que se cree alguien
para elegirte copiloto de viaje
mientras yo me concentro en empequeñecer
(para colarme en tu bolsillo)

y que me lleves contigo

domingo, 11 de octubre de 2015


Me amarga,

me amarga el sabor del miedo que hace que el mundo empiece a desbordarse por un lado.
El olor a humanidad concentrada en países que se supone que desarrollan algo que de los que se huye carecen.

Me amargan los brazos que no abrazan y las brasas de este mundo, en donde si sales descalzo a la acerca te queman.

El sabor a entrañas que mueren con miedo a que te los comas o que los saques a pasear en pasarelas, que están hasta el cuello huesudo de aguantar tan poco peso.
Me amarga el sabor a aglomeraciones sucias y en manada que buscan humildad en capitales capitalistas, mientras hay una fila de hombres agachando la cabeza al feminismo.
El sabor de las barras que me encierran en este mundo en el que empiezan a tirarse cabezas por la borda y creen haber dado con la solución.

Me amarga el sabor de miles de humanos que se dirigen al centro de la globalización, y apenas se dan cuenta que es un pozo a punto de ahogarse, de ahorcarse al revelar que el mundo se gasta y que no vale pasta que arregle el destrozo.

Me amarga y me quema.

Nos mata.

viernes, 11 de septiembre de 2015

EN LA MAR VUELVO A NACERME 

(Pienso en la habitación a oscuras, 
construida en la playa, 
con la puerta a la mar.) 
¿Es esto soledad o paraíso? 
La oscuridad me protege de las cosas de afuera. 
Cuatro paredes pueden ser un vientre,
un vientre que no cabe en el haz de la tierra
 y se acoge al rumor de las aguas. 
Si me escucho hacia atrás
 me contemplo mirando 
con años que no ven, años sin ojos, 
aún sin la presencia de la luz;
 ojos que ignoran que son años que han nacido 
y se han puesto a morir hacia su nacimiento 
recordando una mano que fue descanso y fuente. 
Soy un niño en el vientre de su madre 
que aún no sabe llorar 
ni se babea 
ni orina los zapatos. 
Sino que se trabaja nutriéndose de horas y silencios. 
Porque el silencio también hace crecer, 
da fortaleza, 
tiene canto y mejillas como un nido. 
El rumor de las olas es quien da compañía, 
quien mece su canastilla de espumas. 
Por la puerta, estas cuatro paredes 
darán a luz al alba a todo el mar, 
saldré yo mismo a luz.
Atrás queda la tierra, 
con su cuerpo de rocas y repechos, 
con todo lo que es valle, césped, caricia de mujer.
 Estas cuatro paredes no lo verán, 
están dentro de todo lo que mire, 
son un vientre que nunca rozarán labios ni pechos, 
que no conoce orilla ni claridad, 
que me tiene sentado en su regazo, 
me respira y me palpa. 
No sé cómo estas cuatro paredes 
pueden tener tanta ternura,
 cómo pueden albergar reposo de lecho, 
como han podido reciennacerme ahora. 
Nada aquí tiene semblante, todo está suspendido 
en el cuerpo de este rumor, 
en la justicia de esta sombra, 
que es igual para la manzana y las maderas, 
para las sillas pálidas como monjes 
y los claveles de trapo de las cortinas 
anegadas en rojo. 
Nada aquí encierra frente, sólo tiempo de alcoba, 
presencia de piedra que estuviera a punto de latir. 
Todo yace posado, como incubando el vuelo 
en el corazón de una nube, 
en el pecho de una guitarra. 
Y todo este silencio 
que ha crecido en el musgo de la noche,
 este silencio que han pensado los árboles, 
este silencio que molturan los niños, 
el amor cuando se tuesta en la parrilla de la ausencia, 
la boca cuyos besos son brazos que llegan a la luna, 
todo este silencio que ha llegado de adentro 
-de los sótanos de mí mismo, 
de las entrañas de las islas
y se ha echado en la arena, 
es todo cuanto poseo,
mi riqueza en este instante, 
mi familia y mi herencia, 
mi libertad formando cascada con mi espalda. 
Mañana me naceré como un pez de toda esta soledad, 
de las cuatro paredes de este vientre. 
Será la mar mi madre, 
la madre que no muere ni enterraremos nunca. 

Con la mano en la mar así lo espero.


LA ESPERANZA ME MANTIENE (1959)

© Pedro García Cabrera

viernes, 28 de agosto de 2015

140



Una vez un estornino azul luchador de vientos alisios y corrientes eléctricas, decidió subir al cielo a protestar. Cansado de su abandono, pidió clemencia a la tierra y le gritó:

Somos un ejército de 140 reclutas que vinieron a hacer ruido. 140 oportunidades para arrancar ese insulto preso de tus entrañas sin que nadie te quite las ganas. Para liberar tu furia, tu lado más temido e incluso tu empatía con terremotos que ni siquiera te aterran.

Somos 140 baldosas que se asientan en la zona de confort con el poder de hacer levantar a miles de sustos. 140 periodistas muertos a manos de islamistas que no tienen hueco en discursos. Somos 140 víctimas de manifestaciones que no vislumbraron luz en ningún túnel, vieron como unos guantes negros le obligaban a tragarse la lucha, por dos billetes más en huchas capitalistas.
Son 140 muros los que separan nuestras ideas de las suyas y aún así nadie ha sido capaz de desmoronarlos por si mordemos. Por si nuestras palabras son capaces de encontrar su pecho y no sentir bulto. Por si le da por pensar y verse con 200 mil celdas y 40 millones de presos. Y sí, también somos 140 putos poetas muertos, con fuego en mano que ni la más temible de las guerras civiles pudo apagar.

Es así como el gran estornino, que había puesto en pie a todas las nubes, añadió: si ellos tienen 140 maneras de callarnos, nosotros tendremos 141 motivos para quitarnos la mordaza.

viernes, 21 de agosto de 2015

Decreciendo

Con la boca aún llena de curiosidades me interesé por el aguijón de aquella avispa acosadora de margaritas y tripulantes pétalos con algún absurdo nombre en latín.
- Pero... ¿y por qué pican?
- ¿Son malas? ¿Pero si son bonitas y parecen inofensivas?
Aquella señora de gran entrante y pocos amigos se quitó las gafas y me dijo: ¿tienes que preguntarlo todo niña? ¿acaso no ves que hasta lo más bonito puede ser dañino?
- Los pasteles son muy ricos ¿verdad?, pero mira lo que hacen - añadió mientras se señalaba sus curvas envueltas en una gran falda de tubo. 
- ¡La vida no es tan bella como nos engañó Roberto Bernini, ¡y ahora vete y regresa a tu fila!
Muy maja no era, pero le tenía cierto aprecio. La llamábamos la teniente "choped", pues con esos atuendos con los que iba, razón no nos faltaba.
Llegando a casa me surgió otra duda y cuando vi a mi hermana calzarse sus enormes tacones otra. Y así hasta la visita de Morfeo y el caer rendida al columpiar de las estrellas.
La infante constante y preguntona tenía una jirafa como amigo invisible porque decía que un humano no vería por encima de los muros del laberinto y no podría guiarle por el camino adecuado. Mientras lo observaba todo, se fue haciendo alta y gruñona, y al fin se le quitó esa idea demente que se le ocurrió cuando aún le bailaban las paletas. Empeñada en que el mundo redondo no existía, el mundo era una torre de naipes y los lugares estaban unos encima de otros formando una pila.
Soy de la generación de los 90 y todavía me cuesta asimilar la cantidad de alborotos vividos desde el olvidado 11M hasta el impensable pluralismo político que nos pilló a todos por sorpresa, decidiendo qué camino de la bifurcación tomar; si el camino hacia el lodo o el arroyo.
Crecí, crecí y deje de preguntarme, Empecé a comprender que la teniente choped tenía razón, los pasteles engordan y la vida sin ellos es agridulce. ¡Qué dilema! aprendí también, que los toboganes pueden hacerte daño y de las alturas ni hablemos. Pero ya era una señorita hecha y derecha con lo cual era demasiado lista para evitar daños y engaños innecesarios.
Lamentablemente este cuento se acaba en donde la vida no sé por qué ni con qué permiso decidió terminar de hacerme mayor y lo peor de todo decidió darme eso a lo que todos llaman cordura.
Y aquí, me despido pero sin antes hacer una última pregunta, ¿en qué momento de la madurez toca la sirena del patio? Esto de estar cuerdo empieza a ser un poco monótono.

martes, 23 de junio de 2015

70's



Hace como 70 primaveras las aceras soportaban transeúntes con pieles de señorita o con corbatas de caballero. Soportaban cada una de las pisadas de tacones de aguja, alpargatas o pies descalzos que daban forma al pavimento y a un gran tango que ya quisieran los del lejano país de la plata. Pasó el tiempo y años después llegó un otoño soportable entre ruedas que arrastraban tediosos ruidos y con ello vino la porquería que formaba contrastes en sus largas piernas. Aún así las cuerdas de su boca permanecían intactas de su sumiso aguante.
Más tarde incluso, tras el fordismo, el trabajo en cadena, Google y las grandes multinacionales aquellos pasajeros no demoraban en los brazos de las aceras, preferían fumar de pie y atenuar las luces de las calles con un hollín permanente. Curioso, incluso ni el mayor terremoto pudo destrozar bordillos y hacerlos hablar.
Pero de eso hace 70 primaveras y estamos en verano. Nadie se acuerda de ellas en su sentido más literal, nadie las llama por sus nombres de pila como salvacoches, andenes u orillas. De repente, sin aviso previo, empezó a ser marca de un estereotipo. Ese entonces creo que fue cuando se dirigió a mi, tras 70 silencios, y me dijo: "yo que he sido protagonista de películas neoyorquinas que acumularon premios y alabanzas, ya no me atrevería a mostrar ni el paseo de gracia de la bonita Barcelona."
"No hay dos caminos pequeña" siguió, "hay tantos caminos como personas queriéndose."
Tras retener la mayoría de frases que soltaba la geosmina de aquella lluvia veraniega, pude comprender su hartazgo en que igual que las prisas hacen que se nos olviden las llaves al salir, la ausencia de respeto hace que hayan miles de miradas en avenidas, que provocan el evite de espejos, por miedo a ver la verdad y caer en armarios cerrados. 
Las aceras han podido con cada pisada, salto, discusión... pero cuando se trata de amor, se rinden ante la decadencia. Y es que no nos sirve de nada los descubrimientos de Jefferson o los artículos de Kapuściński si se sigue pensando en armarios o aceras que marcan la diferencia. 

jueves, 23 de abril de 2015

Ojos que nos ven



Pongamos nuestras palabras en la calle
saquémonos a pasear

Pongamos un 'buenos días' en nuestro alfeizar,
un 'estás guapa' en el espejo
un 'cómeme' en las manzanas de la esquina o en las esquinas de las manzanas

Dibujemos trazos a una calle callada entre tanto ruido
a una calle asustada por alborotos y manifestaciones sin rumbo
Y por peleas de gallos que dicen ser más que ellas

Pongamos voz a unas aceras que aún siguen marcando estereotipos
O a un muro que fue derrumbado en Berlín
pero que aún tiene sombras

Descifremos palabras en las luces de las farolas que dicen ‘ya es tarde’
o amaneceres que saludan al pavimento donde hay un gato asustado
por la suciedad de las bocas que la controlan
Lenguas que dicen saber de declaraciones unilaterales o democracias mediatizadas
Pero que no se dan cuenta de que a la calle le viene igual tu lenguaje técnico
que ni el del quinto entiende mientras cena una sopa de sobre y suicida a una botella de un vino milimétricamente colocado para nunca ser copeado pero sí para salir en las fotos de perfil
Que resumen nuestro pasotismo

La calle debería tener un manual de instrucciones para estudiar cada uno de los seres que la componen
debería tener escaparates que dijeran 'no lo compres, no te lo vas a poner’
o un cartel en cada curva de 'embriágame que deseo olvidar mi descontrol'

Las calles no tienen el poder de expresarse pero sí de acordarse de uno y cada beso en portales, de las continuas caídas en avenidas que están hechas de adoquines que repelen triciclos
incluso las calles recuerdan tu borrachera de sábado noche entre Chardonnay
que te dejaron en evidencia delante de un congreso que asentía palabrerías que hablaban de habitantes callejeros desempleados a los que mandas y manejas pero a los que se te olvidó escuchar


sábado, 28 de febrero de 2015

Ella


Ella
Ella no era una buena chica
Nunca lo fue
No era de esas que lloraban en voz baja
ni de esas que asentían mientras recibían órdenes

A ella le gustaba mancharse las manos
jugar con lo prohibido
y correr hasta hacer trizas sus incómodos tacones

Ella recibía miradas y continuas reprimendas
mientras se preguntaba el porqué de una vida rodeada de corbatas
Con lo que le gustaba a ella el color azul de sus ojos,
jugar al "corre, corre que (yo también) te pillo"
y mantener su feminidad a pesar de su sudor

Y es que llegó un momento en el que se le hizo eterno el silencio
decidió gritarle al mundo por la igualdad
y recordarle, que ella empezó a desechar convencionalismos
pero que la lista aún se sale de los límites del mapa
Y a pesar de estar rodeados de tridimensionales
aún no hay cabida para un empate
que remate la jugada


jueves, 19 de febrero de 2015

El café no espera


Aquella recién llegada disfrutó de la infancia más risueña,
de los toboganes más infinitos y del placer de su sin saber

Aquella pequeña curiosa amaba cada uno de los carteles de prohibido,
pues le recordaban que la vida es una sin censura y que los contornos se pueden salir del papel

Aquella muchacha había saboreado todo tipo de lamentos, había perdido las palabras
y se enfrentaba una vez más al abismo de la incomprensión del in crescendo 

Y es que no se le permite hablar de riesgo pero, hasta la luna había caído en su alféizar
La inmensidad que suponía la exaltación de su desconcierto, acabó por apagar cada rincón de sus esquinas

Pero creció, creció y comprendió que los relojes no esperan
que el tiempo es el ser más egoísta del planeta
obligándote a apurar el desayuno porque sin quererlo, se acerca la cena
y el café no espera